martes, 12 de junio de 2012
Detectives académicos
Surgieron mucho antes que los detectives salvajes. Esta secta de –para citar a Girri– “refinados moribundos” fijó su enclave sin participar a los críticos del desesperado propósito. En Lolita, Humbert decide su vocación como si un calco veraz del futuro pudiera esperarlo: “Y viré hacia la literatura inglesa, donde tantos poetas frustrados acaban como profesores vestidos de tweed con la pipa en los labios”. Parece el estereotipo establecido de antemano o impuesto con irreverencia por un observador despectivo, dispuesto a lo sumo a demostrar que no usa tweed ni fuma en pipa. Lo cierto es que abundaron los poetas que terminaron así, virados hacia la literatura, aunque encontraron un meandro, un sendero de lealtad vocacional. J.I.M. Stewart, Cecil Day Lewis, Bruce Montgomery, Charles Williams. Cada uno de ellos, excepto el último, encontró para la vida otro nombre: Michael Innes, Nicholas Blake, Edmund Crispin. El arte de enseñar, como le gustaba a Gilbert Highet, la menor desdicha ante la ausencia de aptitudes para ejercer otro oficio, excepto el de poeta –o su impostación–, para el cual los recaudos y exigencias de la personificación resultan desalentadores e inhibitorios: la persecución de musas menores –nada que ver con el aerobismo– y el consumo de dieciocho whiskies sin manifestar una ligera voluntad de pago.
La gran generación norteamericana de la que son sus exponentes R. Blackmur, John Berryman, Delmore Schwartz, Robert Lowell, Randall Jarrell se conformó con menos. Acaso sólo Lowell pudo por temperamento eclipsar como poeta su reputación académica. Dada su inferioridad numérica y su “hábito de perfección”, los ingleses adoptaron una modalidad distinta. Cecil Day Lewis –quien terminó siendo poeta laureado y progenitor de un actor con dotes e inspiración líricas–, discípulo de Maurice Bowra, prolongó sus tareas académicas con celo: fue fatigado prologuista de, entre otros, George Meredith y George Crabbe (a quien el compositor Benjamin Britten le instiló un instante de fulgor revisionista con Peter Grimes) y uno de los traductores más fieles de La Eneida al inglés. En La bestia debe morir, tal vez su policial más famoso, la discreta intervención de Nigel Strangeways no impide que sea imborrable como personaje, y uno de sus ejercicios de perduración es un ingenioso cuestionario que ordena para su mujer, Georgia. Strangeways es algo así como un oxímoron, un armchair detective ambulante, que admite algunas de las virtudes de Lanzarote, incluso –o sobre todo– en lo que se refiere al trato con las mujeres. Una de las últimas novelas de Nicholas Blake escapó curiosamente de la patrulla de Borges y Bioy, aunque el primero debió de valorar el título al menos: The smiler with the knife under the cloak (el verso de Chaucer que Borges decía justicieramente que era otra versión del criollo “venirse con el cuchillo bajo el poncho”). En ésta, Nigel ha dejado de ser protagonista para darle lugar a su mujer, Georgia, y el género se estremece también: el policial se desplaza no sin turbulencias a la novela de espías.
J.I.M. Stewart, el Michael Innes de las novelas policiales, escribió uno de los mejores ensayos sobre Kipling y enseñó con buena fortuna en diversas instituciones, como instruyen las preliminares de El Séptimo Círculo, a la que contribuyó con muchos títulos, pero de los cuales convenga acaso citar ¡Hamlet, venganza!, uno de los policiales más imprudentemente cargado de citas y referencias literarias, entre ellas a su predecesor Edmund Crispin. Que era en realidad Bruce Montgomery, músico y profesor notable, condiscípulo en Oxford de Philip Larkin y de Kingsley Amis, ninguno de los cuales parece valorar demasiado los logros del amigo como novelista. Y es cierto que a las novelas de Crispin las ha arrasado no sé muy bien qué, ¿la gratuidad, la acumulación de efectos decorativos, la erudición bordada de pedantería? Uno puedo leerlas hoy como una especie de género aledaño, que mantiene con el policial una proximidad semejante a la que Didcot guarda con Oxford.
Charles Williams, mentor del grupo de los inklings (Tolkien, C.S. Lewis), a quien conviene, en términos de la conformidad con lo previsto, no confundir con su homónimo norteamericano, fue editor en la Oxford University Press, crítico minucioso del género y pedagogo admirable. Sigue siendo un escritor asombroso. La acción y la energía de sus ficciones debilitan de inmediato el caudal simbólico, el arsenal alegórico, y nos mantienen encantados en una lectura que suspende la incredulidad y habilita e inaugura aún hoy nuevos diseños de lo fantástico.
Un cálculo de los cambios estructurales y operativos que sufriera el detective puede observarse dándole la espalda al Sherlock precursor y comparando dos modelos originales: Gideon Fell y Nigel Strangeways. El primero diseñado por John Dickson Carr a partir de G.K. Chesterton, es corpulento, optimista, bebedor de cerveza, aficionado a desmontar alegorías y/o a proyectarlas, y está dispuesto también a utilizar la paradoja para la resolución de casos. No carece de debilidades. En eso se parece también a Chesterton, el gran maestro del artificio, de la dispersión en todas las direcciones de humo –como lo prueba el prólogo a El almirante flotante–, de la inflación retórica informada por suposiciones y perseguida por regimientos de vaguedades. Los méritos que solían atribuírsele –el hacer un libro increíble sobre Santo Tomás sin citarlo una sola vez (Etienne Gilson), el de escribir una historia de Inglaterra sin incluir una sola fecha (Borges)– pertenecen hoy menos a la literatura que al registro de lo excepcional, al libro Guinness de los récords literarios.
El personaje de Nicholas Blake, en cambio, está inspirado por W. H. Auden, su condiscípulo en Oxford. No sólo: Roy Campbell acuñó el “MacSpaunday” para referirse a ellos como grupo poético, aunque alguno, no recuerdo quién, admitió que habían estado juntos muy pocas veces. Nigel Strangeways tiene las virtudes y los defectos de Auden en acción, que a esta altura son menos graves que los de Chesterton. La ciudad ortogonal y los deslices y desplazamientos barrocos del detective de Dickson Carr corrigen su perspectiva. La ciudad de Strangeways es chata, plana; las relaciones, directas, familiares; los agentes, municipales, domésticos, editoriales; las fuentes, dudosas, inciertas (un chisme, por ejemplo). Nada conforma menos a Strangeways que un enigma despejado por generalidades disfrazadas de simplificaciones. Su discrepancia es audeniana por antonomasia, sabe ponerse en la vereda opuesta con una disimulada gracia. Tiene, como Auden también, una tendencia incorregible a esconder en afirmaciones ligeras el peso de una sentencia.
Las conductas han cambiado, aunque la observación distante está menos ocupada hoy en un registro que permita pastorear el crimen de las aulas a la campiña, ejercicio favorito del inspector Morse, cultivado por otro profesor, Colin Dexter. Tal vez uno solo sirva hoy para seguir la pista y borrar todos los rastros precedentes. El interés y la curiosidad se detienen de inmediato, en la medida en que escritores famosos como Gore Vidal, Julian Barnes y John Banville no quieren –o sus agentes y editores no quieren–, cuando se dedican al género, mantener el suspenso. Muy pronto averiguamos quiénes son Edgar Box, Dan Kavanagh y Benjamin Black. No es necesario llamar a un detective.
Programa especial Día del Niño
Librería Mr. Books, la casa de las palabras, realizó un programa especial, para festejar el día del niño con toda la familia.El domingo 3 de junio desde las 15h00, se transmitió en vivo el programa radial infantil “Palabrujas” de Radio Universal, desde nuestra librería Mr. Books de Mall el Jardín. El programa fue conducido por Caludia Maggiorinni, además tuvimos intervenciones musicales en vivo, show de magia, títeres, teatro, caritas pintadas, concursos, premios y mucha diversión.Nos visito el escritor infantil Hernán Rodríguez, que nos deleito con cuentos e historias y nos llevaron a recorrer un mundo nuevo con cada palabra.
Esperamos que hayan disfrutado de este evento en honor a quienes día a día nos contagian de su espontaneidad, que alegran nuestra vida con una sonrisa y que nos recuerdan que la vida se vive día a día.
Feliz día del niño
Feliz día del niño
miércoles, 30 de mayo de 2012
Todos los hermosos caballos. Veinte años de un clásico estadounidense
Hace 20 años este mes se publicó en los Estados Unidos la novela Todos los hermosos caballos (All the Pretty Horses) de Cormac McCarthy. McCarthy era un autor totalmente marginal. Tenía 59 años de edad y había publicado cinco novelas pero ninguna de ellas había vendido más de 5.000 ejemplares. Era lo que se lama “un escritor de escritores.” Hoy en día, con 79 años de edad McCarthy es considerado un tesoro viviente de las letras estadounidenses. Ha ganado los premios más importantes de su país para un autor de ficción. Además, es un favorito de Hollywood. La adaptación de su novela No es país para viejos por los hermanos Cohen, por ejemplo, ganó un Oscar por mejor película en el 2007. Este año un guión original de McCarthy será filmado por Ridley Scott. Solo se le esquiva el Nobel, para el cual es un firme candidato. Pero el punto de infección en la carrera de McCarthy fue Todos los hermosos caballos.
El 19 de abril de 1992 salió un largo perfil de Cormac McCarthy en la revista del domingo de The New York Times. Parecía mentira. Según la nota uno de los autores más importantes de los Estados Unidos era un desconocido, casi ermitaño –apenas leído— que vivía en El Paso, Texas. Un hijo literario de Herman Melville y William Faulkner, nunca había dado una entrevista en su vida. Cortaba su propio pelo. Había dejado de beber hace unos diez años. Escribía sus libros con una Olivetti manual en hoteles de mala muerte. Le interesaba más la ciencia que la literatura pero su gran ambición –por más que no lo declarara directamente- era se el gran escritor del mito del sur-oeste de los Estados Unidos. Próximamente se publicaba una nueva novela con un curioso titulo que contaba la odisea de dos adolescentes tejanos en 1950 que viajan a México a caballo. Parecía mentira. O sino, una operación mediática.
Aunque no había sido premeditado, el éxito de McCarthy se debió a esta curiosa circunstancia: que era un autor nuevo, pero viejo. Que era un novelista que era una novedad absoluta, pero con una importante obra ya escrita. Todos los hermosos caballos es una bisagra en su carrera porque trata de todas sus obsesiones, pero en una forma menos crudo que sus previos libros: la violencia; el desarraigo del hombre por el avance de la civilización altamente tecnológica; la naturaleza de la maldad; la relación entre los hombres y los animales; el arquetipo del viaje hacía lo desconocido. Y marcó el camino para las novelas de la segunda etapa de su vida, incluyendo La Carretera, que ganó un Pulitzer en el 2007.
El mejor homenaje que puede recibir un artista es de otro artista, no de un académico o critico profesional. En un programa de radio de ciencia en abril del año pasado de la cadena estadounidense NPR, Cormac McCarthy estuvo reunido con el cineasta alemán Werner Herzog para hablar sobre las conexiones entre la ciencia y el arte. Al fin de ese programa Herzog se adueño del micrófono y se puso a leer de las últimas páginas de Todos los hermosos caballos. Antes de leer Herzog dijo de McCarthy: “Inventa paisajes enteros. Inventa caballos, los describe de una manera que nunca hemos visto antes. Por mera declaración, Cormac McCarthy crea paisajes enteramente nuevos que han sido desconocidos para nosotros; aunque pareciera haber existido, como Faulkner inventó y describió es sur profundo; o como Joseph Conrad describió las junglas y los misterios… No hay nada mejor. Y por décadas no hemos tenido un lenguaje como este en la literatura americana.”
El 19 de abril de 1992 salió un largo perfil de Cormac McCarthy en la revista del domingo de The New York Times. Parecía mentira. Según la nota uno de los autores más importantes de los Estados Unidos era un desconocido, casi ermitaño –apenas leído— que vivía en El Paso, Texas. Un hijo literario de Herman Melville y William Faulkner, nunca había dado una entrevista en su vida. Cortaba su propio pelo. Había dejado de beber hace unos diez años. Escribía sus libros con una Olivetti manual en hoteles de mala muerte. Le interesaba más la ciencia que la literatura pero su gran ambición –por más que no lo declarara directamente- era se el gran escritor del mito del sur-oeste de los Estados Unidos. Próximamente se publicaba una nueva novela con un curioso titulo que contaba la odisea de dos adolescentes tejanos en 1950 que viajan a México a caballo. Parecía mentira. O sino, una operación mediática.
Aunque no había sido premeditado, el éxito de McCarthy se debió a esta curiosa circunstancia: que era un autor nuevo, pero viejo. Que era un novelista que era una novedad absoluta, pero con una importante obra ya escrita. Todos los hermosos caballos es una bisagra en su carrera porque trata de todas sus obsesiones, pero en una forma menos crudo que sus previos libros: la violencia; el desarraigo del hombre por el avance de la civilización altamente tecnológica; la naturaleza de la maldad; la relación entre los hombres y los animales; el arquetipo del viaje hacía lo desconocido. Y marcó el camino para las novelas de la segunda etapa de su vida, incluyendo La Carretera, que ganó un Pulitzer en el 2007.
El mejor homenaje que puede recibir un artista es de otro artista, no de un académico o critico profesional. En un programa de radio de ciencia en abril del año pasado de la cadena estadounidense NPR, Cormac McCarthy estuvo reunido con el cineasta alemán Werner Herzog para hablar sobre las conexiones entre la ciencia y el arte. Al fin de ese programa Herzog se adueño del micrófono y se puso a leer de las últimas páginas de Todos los hermosos caballos. Antes de leer Herzog dijo de McCarthy: “Inventa paisajes enteros. Inventa caballos, los describe de una manera que nunca hemos visto antes. Por mera declaración, Cormac McCarthy crea paisajes enteramente nuevos que han sido desconocidos para nosotros; aunque pareciera haber existido, como Faulkner inventó y describió es sur profundo; o como Joseph Conrad describió las junglas y los misterios… No hay nada mejor. Y por décadas no hemos tenido un lenguaje como este en la literatura americana.”
jueves, 17 de mayo de 2012
Presentación del libro “Pedro Máximo y el círculo de tiza” de Marcela Noriega
Librería Mr. Books, presentó el libro “Pedro Máximo y el círculo de tiza” de la autora ecuatoriana Marcela Noriega, cronista de la revista Soho y Mundo Diners, en un conversatorio con Juan Fernando Andrade y Marco González.
El evento se llevó a cabo el día miércoles 16 de mayo a las 18:00 en Mr. Books de Mall El Jardín.
El personaje principal de la novela, Pedro Máximo, es un campesino de pocas palabras. En su infancia, su padre le pegaba con un palo largo que tenía un clavo en la punta. Su madre, angustiada por la pobreza familiar, lo regaló a unos hacendados para que se gane la vida como peón.
En su juventud, huyó de la hacienda y se inscribió en el Ejército. En una de las jornadas militares, accidentalmente, se voló un dedo. Obligado por su discapacidad, se marchó a Guayaquil con una indemnización mezquina.
Se casó con Estela y tuvo una hija a la que llamo Piedad.
“Pedro Máximo es la historia de mi padre. Yo vendría a ser Piedad”, confiesa, sin titubear un segundo, Marcela Noriega, autora de la novela
Sobre la autora:
Estudiéó Comunicación Social en la Universidad Católica, de Guayaquil; realizó una maestría en Periodismo en diario Clarín, en Buenos Aires.
Fue reportera de política en diario Expreso, pasante de Policiales en Clarín, editora de la revista dominical de diario El Territorio, de Posadas, Misiones, editora de Actualidad de diario El Telégrafo. Publicoó crónicas y columnas en las revistas SOHO y Diners.
Ha sido profesora de Periodismo en la universidad Casa Grande y ha dado talleres de escritura en varios sitios.
Como escritora:
Escribe poesía desde los 13 años. Ha escrito varios poemarios, dos de ellos premiados. En 1999, a los 19 años, ganó el Segundo Lugar de la V Bienal de Poesía Ecuatoriana, Ciudad de Cuenca. En 2009 ganó el Primer Lugar, con el poemario No hay que dar voces, publicado en 2010 por la Universidad de Cuenca. En 2011 un cuento suyo participó en la antología narrativa Todos los Juguetes (Ecuador).
En 2011 ganó una beca para ir a una residencia de escritores en España. Allá escribió la novela Pedro Máximo y El Círculo de Tiza, editada por GEEPP ediciones, España 2012.
El evento se llevó a cabo el día miércoles 16 de mayo a las 18:00 en Mr. Books de Mall El Jardín.
El personaje principal de la novela, Pedro Máximo, es un campesino de pocas palabras. En su infancia, su padre le pegaba con un palo largo que tenía un clavo en la punta. Su madre, angustiada por la pobreza familiar, lo regaló a unos hacendados para que se gane la vida como peón.
En su juventud, huyó de la hacienda y se inscribió en el Ejército. En una de las jornadas militares, accidentalmente, se voló un dedo. Obligado por su discapacidad, se marchó a Guayaquil con una indemnización mezquina.
Se casó con Estela y tuvo una hija a la que llamo Piedad.
“Pedro Máximo es la historia de mi padre. Yo vendría a ser Piedad”, confiesa, sin titubear un segundo, Marcela Noriega, autora de la novela
Sobre la autora:
Estudiéó Comunicación Social en la Universidad Católica, de Guayaquil; realizó una maestría en Periodismo en diario Clarín, en Buenos Aires.
Fue reportera de política en diario Expreso, pasante de Policiales en Clarín, editora de la revista dominical de diario El Territorio, de Posadas, Misiones, editora de Actualidad de diario El Telégrafo. Publicoó crónicas y columnas en las revistas SOHO y Diners.
Ha sido profesora de Periodismo en la universidad Casa Grande y ha dado talleres de escritura en varios sitios.
Como escritora:
Escribe poesía desde los 13 años. Ha escrito varios poemarios, dos de ellos premiados. En 1999, a los 19 años, ganó el Segundo Lugar de la V Bienal de Poesía Ecuatoriana, Ciudad de Cuenca. En 2009 ganó el Primer Lugar, con el poemario No hay que dar voces, publicado en 2010 por la Universidad de Cuenca. En 2011 un cuento suyo participó en la antología narrativa Todos los Juguetes (Ecuador).
En 2011 ganó una beca para ir a una residencia de escritores en España. Allá escribió la novela Pedro Máximo y El Círculo de Tiza, editada por GEEPP ediciones, España 2012.
Fallece Carlos Fuentes
El escritor mexicano Carlos Fuentes falleció el 15 de mayo a los 83 años. Su muerte se debió a una hemorragia masiva derivada, al parecer, de una úlcera, declaró el médico que lo atendió. Las redes sociales sirvieron para dar el pésame al mundo de las letras.
El escritor mexicano Carlos Fuentes, una de las principales plumas del Boom latinoamericano, murió ayer en la capital de su país a los 83 años. Carlos dejó un gran hueco en las letras hispanas que será difícil de llenar.
El autor de obras como “La muerte de Artemio Cruz” (1962), “Gringo Viejo” (1985) o “Terra Nostra” (1975) pereció en un hospital del sur de la capital mexicana, donde había sido ingresado de urgencia.
Fuentes de su casa editorial Alfaguara dijeron a Efe que el escritor comenzó a sentirse mal en su residencia, ubicada en el barrio de San Jerónimo, en el sur de la capital, y fue trasladado al hospital donde se le pudo estabilizar, pero murió después.
En el hospital, su médico, Arturo Ballesteros, dijo que su muerte fue a causa de una “hemorragia del tubo digestivo que le provocó la pérdida del estado de conciencia”.
Se despertó a las 5 de la mañana, incluso se bañó y tomó algunos líquidos, pero ya sentía algún malestar y por eso llamaron al médico. Terminó por desmayarse en su domicilio, agregó Ballesteros.
“Cuando llegué presentaba insuficiencia respiratoria, su esposa Silvia Lemus y yo llegamos al hospital a las 10:45 de la mañana”, añadió en declaraciones a los periodistas Ballesteros, quien lo atendía desde hace 10 años.
El médico agregó que nunca había presentado problemas en el aparato digestivo y el único padecimiento que tenía era en el corazón, desde 1997, pero se encontraba bien de salud.
Las fuentes de Alfaguara insistieron en que no había sentido molestias en los últimos días, e incluso “se echó un viaje de más de un mes a Estados Unidos, a Brasil, a la Feria del Libro de Buenos Aires y a Chile” hace poco.
El novelista tenía previsto ofrecer en los próximos días algunas entrevistas con motivo de la próxima publicación de una novela titulada “Federico en su balcón”.
Los restos del escritor serán velados hoy de cuerpo presente en un homenaje que se le rendirá en el Palacio de Bellas Artes de esta capital, según informó el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. “Entre mis libros, mi mujer, mis amigos y mis amores, ya tengo bastantes razones para seguir viviendo”, dijo el escritor mexicano en su última entrevista concedida al periódico español El País.
Después de conocerse su muerte, comenzaron a llegar las primeras reacciones.
El Premio Nobel de Literatura de 2010, el peruano Mario Vargas Llosa, dijo haber sentido “mucha pena” al enterarse de la noticia.
“Deja una obra enorme que es un testimonio elocuente de todos los grandes problemas políticos y realidades culturales de nuestro tiempo”, agregó Vargas Llosa, otro de los máximos exponentes del Boom latinoamericano.
Sobre el autor:
Carlos Fuentes Macías (Panamá, 11 de noviembre de 1928 - † México, D. F., 15 de mayo de 2012) []fue uno de los escritores más conocidos de finales del siglo XX, candidato al Premio Nobel de Literatura en reiteradas ocasiones y autor de novelas y ensayos, entre los que destacan Aura, La muerte de Artemio Cruz, La región más transparente y Terra Nostra. Ha recibido, entre otros, el Premio Rómulo Gallegos en 1977, el Cervantes en 1987, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1994 y en 2009 la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. Fue nombrado miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua en agosto de 2001.
El escritor mexicano Carlos Fuentes, una de las principales plumas del Boom latinoamericano, murió ayer en la capital de su país a los 83 años. Carlos dejó un gran hueco en las letras hispanas que será difícil de llenar.
El autor de obras como “La muerte de Artemio Cruz” (1962), “Gringo Viejo” (1985) o “Terra Nostra” (1975) pereció en un hospital del sur de la capital mexicana, donde había sido ingresado de urgencia.
Fuentes de su casa editorial Alfaguara dijeron a Efe que el escritor comenzó a sentirse mal en su residencia, ubicada en el barrio de San Jerónimo, en el sur de la capital, y fue trasladado al hospital donde se le pudo estabilizar, pero murió después.
En el hospital, su médico, Arturo Ballesteros, dijo que su muerte fue a causa de una “hemorragia del tubo digestivo que le provocó la pérdida del estado de conciencia”.
Se despertó a las 5 de la mañana, incluso se bañó y tomó algunos líquidos, pero ya sentía algún malestar y por eso llamaron al médico. Terminó por desmayarse en su domicilio, agregó Ballesteros.
“Cuando llegué presentaba insuficiencia respiratoria, su esposa Silvia Lemus y yo llegamos al hospital a las 10:45 de la mañana”, añadió en declaraciones a los periodistas Ballesteros, quien lo atendía desde hace 10 años.
El médico agregó que nunca había presentado problemas en el aparato digestivo y el único padecimiento que tenía era en el corazón, desde 1997, pero se encontraba bien de salud.
Las fuentes de Alfaguara insistieron en que no había sentido molestias en los últimos días, e incluso “se echó un viaje de más de un mes a Estados Unidos, a Brasil, a la Feria del Libro de Buenos Aires y a Chile” hace poco.
El novelista tenía previsto ofrecer en los próximos días algunas entrevistas con motivo de la próxima publicación de una novela titulada “Federico en su balcón”.
Los restos del escritor serán velados hoy de cuerpo presente en un homenaje que se le rendirá en el Palacio de Bellas Artes de esta capital, según informó el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. “Entre mis libros, mi mujer, mis amigos y mis amores, ya tengo bastantes razones para seguir viviendo”, dijo el escritor mexicano en su última entrevista concedida al periódico español El País.
Después de conocerse su muerte, comenzaron a llegar las primeras reacciones.
El Premio Nobel de Literatura de 2010, el peruano Mario Vargas Llosa, dijo haber sentido “mucha pena” al enterarse de la noticia.
“Deja una obra enorme que es un testimonio elocuente de todos los grandes problemas políticos y realidades culturales de nuestro tiempo”, agregó Vargas Llosa, otro de los máximos exponentes del Boom latinoamericano.
Sobre el autor:
Carlos Fuentes Macías (Panamá, 11 de noviembre de 1928 - † México, D. F., 15 de mayo de 2012) []fue uno de los escritores más conocidos de finales del siglo XX, candidato al Premio Nobel de Literatura en reiteradas ocasiones y autor de novelas y ensayos, entre los que destacan Aura, La muerte de Artemio Cruz, La región más transparente y Terra Nostra. Ha recibido, entre otros, el Premio Rómulo Gallegos en 1977, el Cervantes en 1987, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1994 y en 2009 la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. Fue nombrado miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua en agosto de 2001.
lunes, 14 de mayo de 2012
lunes, 7 de mayo de 2012
"Un libro es una botella lanzada al mar"
Mientras la preocupación por el impacto de la tecnología atraviesa la industria editorial y divide aguas entre entusiastas y apocalípticos, una tercera vía es posible: mirar con entusiasmo los e-books pero a la vez perfeccionar un negocio alrededor del más tradicional, seguro y todavía económicamente rendidor libro de papel. Ésa parece ser la apuesta de Siglo XXI, al menos según lo transmite Jaime Labastida, desde hace casi veinte años director general de esta editorial de origen mexicano, que comparte el espacio de los sellos líderes en la publicación de ciencias sociales y humanidades en lengua española.
Nacido en Sinaloa, narrador, ensayista, poeta, director de la Academia Mexicana de la Lengua, director de la revista Plural durante casi dos décadas, Labastida no cree que el e-book sea una amenaza para los libros en papel, califica las nuevas tecnologías como "un reto perfectamente aceptable y asimilable" y describe el modelo de negocio de Siglo XXI: ser una editorial pequeña pero, en su especialidad, diversificada. De hecho, acaba de adquirir tres sellos en España: Biblioteca Nueva (que publica a Freud en español), la barcelonesa Anthropos, de ensayo, y Salto de Página, un pequeño sello de narrativa y poesía. Completa así su presencia en lo que Labastida llama "las cuatro capitales literarias de la lengua española": Madrid, Barcelona, México y Buenos Aires, entre las que -otra marca distintiva de Siglo XXI- la relación es más bien horizontal, con decisiones de producción local que se toman de manera bastante independiente. "Creo que los desarrollos tecnológicos son pruebas positivas. Todos los momentos de crisis son momentos de purga y hacen que industrias obsoletas, que no tienen capacidad de modernización, desaparezcan", afirma Labastida, que pasó por Buenos Aires hace algunas semanas.
-Las empresas con nuevas tecnologías desplazan fuerza de trabajo. Mucha gente dice que esto conduce al desempleo. Yo creo exactamente lo contrario: que crean en el largo plazo mayores fuentes de empleo. Cuando Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles, en Europa habría unas 1000 o 2000 personas dedicadas a reproducir los libros a mano en los monasterios. Ellos perdieron su trabajo, pero la imprenta ha generado millones de empleos a lo largo de estos siglos, muchos más de los que desplazó.
-¿Cómo impacta esto en la industria editorial hoy?
-Con las nuevas tecnologías, los libros son cada vez más baratos y la impresión es cada vez de mejor calidad. Los adelantos técnicos son un reto, perfectamente aceptable y asimilable. Los editores tenemos que acoplarnos y desarrollarnos en estos nuevos medios. Determinado tipo de libros ya no podrán hacerse como se hacían antes, pero los libros gozan todavía, y por mucho tiempo, de buena salud.
-Entonces, cuando ve un libro electrónico se entusiasma, no se preocupa.
-No me preocupo: habrá quien lo use y será compatible con el soporte papel. En México, nuestra circulación de libros electrónicos no alcanza ni el dos por ciento. Falta mucho, porque además, la sustitución de la maquinaria para usarlos es continua, y eso cuesta mucho dinero. No todos van a poder usarlos. En cambio, el libro permanece.
-¿En Siglo XXI están pensando en aprovechar estas nuevas tecnologías, por ejemplo publicando en formato electrónico?
-El mercado es tan reducido que todavía no sabemos cuál debería ser su mecanismo de distribución. Hicimos algún intento en ese sentido, y no es que haya sido un fracaso, pero no tuvo el éxito que hubiéramos deseado. La obsolescencia de las máquinas para usarlos es tal? ¿Quién puede soportar, económicamente hablando, la adquisición de esos aparatos? Un libro dura muchísimos años, lo puede leer toda la familia, sigue siendo un instrumento muy útil y muy barato.
-En este escenario, ¿cómo imagina la competencia entre las grandes editoriales y las más pequeñas, independientes o autónomas?
-Las editoriales gigantes tienen su línea más o menos establecida y hay escritores jóvenes que no encuentran espacio para publicar. Entonces crean sus editoriales, con 15 o 20 títulos, y desaparecen. Si son importantes, una editorial grande recoge dos o tres títulos de los que publicaron. Qué bien. Un pez hembra desova millones de huevos de los cuales queda vivo un dos o un tres por ciento. La muerte es necesaria. No se puede pensar que todo va a sobrevivir.
-¿Cree que el futuro de una editorial como Siglo XXI puede estar en focalizarse en un nicho de producción o en ampliarse?
-Nosotros somos una editorial relativamente pequeña pero diversificada, porque abarcamos un espectro bastante amplio en el campo de las humanidades y las ciencias sociales. Tenemos historia, filosofía, psicología, política, economía, literatura, algo de ciencia. Tenemos cierto nicho, pero tratamos de ampliarlo, de atraer nuevos lectores y nuevos espacios mentales.
-Han comprado recientemente tres sellos en España. ¿Sigue siendo un negocio la editorial de papel?
-Lo sigue siendo. Aunque nosotros no somos propiamente hablando una empresa de negocios. Somos una empresa privada, pero no repartimos dividendos, sino que todas las ganancias repercuten en ella misma para consolidar el sello. Por eso hemos podido adquirir esas empresas en España. Biblioteca Nueva es una editorial de muchísimo prestigio, con más de cien años de vida. Salto de Página, de carácter literario, es muy reciente. Queremos que conserve ese perfil dedicado a la narrativa, y quizás incluso con el tiempo los títulos de ficción o de poesía queden incorporados por completo en esa editorial. Y Anthropos, que está en Barcelona, tiene un perfil semejante a Siglo XXI: publica ensayo. La vamos a mantener.
-¿Qué impacto económico puede tener la restricción a las importaciones de libros que se había anunciado en la Argentina?
-Me parece desastroso. Por cualquier lado que se la mire es una medida insignificante, económicamente hablando, y gravísima desde el punto de vista intelectual. No se pueden poner restricciones a las mercancías que tienen que ver con la inteligencia.
-¿Cómo se forma un lector?
-Enfrentándose a los textos, en la escuela y en la casa. Leyendo a veces sin comprender cabalmente, buscando significados. Lo que sucede es que en las escuelas, al menos en México, ya no hay esas horas vacías en las que uno leía en voz baja libros que formaban.
-¿Internet no ofrece una forma de lectura y escritura para los más jóvenes?
-Sí, quizás no suficientemente desarrollada, pero ofrece una forma de lectura. Por eso insisto: si en las escuelas hubiera una o dos horas diarias de lectura en silencio, en el aula, sería un estímulo. Ahora parece que lo que existe es lo contrario, llenar de tonterías el cerebro aparentemente vacío de los niños, quince materias, preguntas sobre todas ellas.
-¿Cómo se puede saber que un libro es bueno?
-No se sabe. Cuando conocí a Arnaldo Orfila, ese gran editor argentino-mexicano que desarrolló el Fondo de Cultura Económica y fundó Siglo XXI, le hice esa misma pregunta. Me contestó: "Olfato". Intuición. Si uno supiera que hay una fórmula, tipo algoritmo, que le dijera que un libro es bueno y que se va a vender, no se equivocaría jamás. Pero uno se equivoca positiva y negativamente. A veces hay libros que se publican sin mucha expectativa y se venden y otros que se espera que vendan mucho y no pasan de la primera edición. No se sabe. Depende de circunstancias de público lector, de condiciones culturales, de modas. Hay autores que permanecen, como Eduardo Galeano, que ha permanecido a lo largo de más de cuarenta años. Algunos de sus libros se siguen leyendo, y cada nuevo título genera 30.000 o 40.000 lectores de inmediato. ¿Por qué? Cuando vi que Siglo XXI publicaba Lacan, pensé: ¿quién lo va a leer? Es críptico, imposible. Y se sigue leyendo Lacan. Por fortuna, hay algo incierto. Es como una botella lanzada al mar.
-¿Se educa ese olfato?
-Claro, se perfecciona. Proporciones guardadas, Picasso hacía un trazo, pero su mano estaba educada después de 40 años. La improvisación era aparente. Uno dice: "Este libro es importante". Siglo XXI se guía por un principio: elegimos libros que consideramos importante que sean publicados, aun cuando puedan no significar un buen negocio.
Nacido en Sinaloa, narrador, ensayista, poeta, director de la Academia Mexicana de la Lengua, director de la revista Plural durante casi dos décadas, Labastida no cree que el e-book sea una amenaza para los libros en papel, califica las nuevas tecnologías como "un reto perfectamente aceptable y asimilable" y describe el modelo de negocio de Siglo XXI: ser una editorial pequeña pero, en su especialidad, diversificada. De hecho, acaba de adquirir tres sellos en España: Biblioteca Nueva (que publica a Freud en español), la barcelonesa Anthropos, de ensayo, y Salto de Página, un pequeño sello de narrativa y poesía. Completa así su presencia en lo que Labastida llama "las cuatro capitales literarias de la lengua española": Madrid, Barcelona, México y Buenos Aires, entre las que -otra marca distintiva de Siglo XXI- la relación es más bien horizontal, con decisiones de producción local que se toman de manera bastante independiente. "Creo que los desarrollos tecnológicos son pruebas positivas. Todos los momentos de crisis son momentos de purga y hacen que industrias obsoletas, que no tienen capacidad de modernización, desaparezcan", afirma Labastida, que pasó por Buenos Aires hace algunas semanas.
-Las empresas con nuevas tecnologías desplazan fuerza de trabajo. Mucha gente dice que esto conduce al desempleo. Yo creo exactamente lo contrario: que crean en el largo plazo mayores fuentes de empleo. Cuando Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles, en Europa habría unas 1000 o 2000 personas dedicadas a reproducir los libros a mano en los monasterios. Ellos perdieron su trabajo, pero la imprenta ha generado millones de empleos a lo largo de estos siglos, muchos más de los que desplazó.
-¿Cómo impacta esto en la industria editorial hoy?
-Con las nuevas tecnologías, los libros son cada vez más baratos y la impresión es cada vez de mejor calidad. Los adelantos técnicos son un reto, perfectamente aceptable y asimilable. Los editores tenemos que acoplarnos y desarrollarnos en estos nuevos medios. Determinado tipo de libros ya no podrán hacerse como se hacían antes, pero los libros gozan todavía, y por mucho tiempo, de buena salud.
-Entonces, cuando ve un libro electrónico se entusiasma, no se preocupa.
-No me preocupo: habrá quien lo use y será compatible con el soporte papel. En México, nuestra circulación de libros electrónicos no alcanza ni el dos por ciento. Falta mucho, porque además, la sustitución de la maquinaria para usarlos es continua, y eso cuesta mucho dinero. No todos van a poder usarlos. En cambio, el libro permanece.
-¿En Siglo XXI están pensando en aprovechar estas nuevas tecnologías, por ejemplo publicando en formato electrónico?
-El mercado es tan reducido que todavía no sabemos cuál debería ser su mecanismo de distribución. Hicimos algún intento en ese sentido, y no es que haya sido un fracaso, pero no tuvo el éxito que hubiéramos deseado. La obsolescencia de las máquinas para usarlos es tal? ¿Quién puede soportar, económicamente hablando, la adquisición de esos aparatos? Un libro dura muchísimos años, lo puede leer toda la familia, sigue siendo un instrumento muy útil y muy barato.
-En este escenario, ¿cómo imagina la competencia entre las grandes editoriales y las más pequeñas, independientes o autónomas?
-Las editoriales gigantes tienen su línea más o menos establecida y hay escritores jóvenes que no encuentran espacio para publicar. Entonces crean sus editoriales, con 15 o 20 títulos, y desaparecen. Si son importantes, una editorial grande recoge dos o tres títulos de los que publicaron. Qué bien. Un pez hembra desova millones de huevos de los cuales queda vivo un dos o un tres por ciento. La muerte es necesaria. No se puede pensar que todo va a sobrevivir.
-¿Cree que el futuro de una editorial como Siglo XXI puede estar en focalizarse en un nicho de producción o en ampliarse?
-Nosotros somos una editorial relativamente pequeña pero diversificada, porque abarcamos un espectro bastante amplio en el campo de las humanidades y las ciencias sociales. Tenemos historia, filosofía, psicología, política, economía, literatura, algo de ciencia. Tenemos cierto nicho, pero tratamos de ampliarlo, de atraer nuevos lectores y nuevos espacios mentales.
-Han comprado recientemente tres sellos en España. ¿Sigue siendo un negocio la editorial de papel?
-Lo sigue siendo. Aunque nosotros no somos propiamente hablando una empresa de negocios. Somos una empresa privada, pero no repartimos dividendos, sino que todas las ganancias repercuten en ella misma para consolidar el sello. Por eso hemos podido adquirir esas empresas en España. Biblioteca Nueva es una editorial de muchísimo prestigio, con más de cien años de vida. Salto de Página, de carácter literario, es muy reciente. Queremos que conserve ese perfil dedicado a la narrativa, y quizás incluso con el tiempo los títulos de ficción o de poesía queden incorporados por completo en esa editorial. Y Anthropos, que está en Barcelona, tiene un perfil semejante a Siglo XXI: publica ensayo. La vamos a mantener.
-¿Qué impacto económico puede tener la restricción a las importaciones de libros que se había anunciado en la Argentina?
-Me parece desastroso. Por cualquier lado que se la mire es una medida insignificante, económicamente hablando, y gravísima desde el punto de vista intelectual. No se pueden poner restricciones a las mercancías que tienen que ver con la inteligencia.
-¿Cómo se forma un lector?
-Enfrentándose a los textos, en la escuela y en la casa. Leyendo a veces sin comprender cabalmente, buscando significados. Lo que sucede es que en las escuelas, al menos en México, ya no hay esas horas vacías en las que uno leía en voz baja libros que formaban.
-¿Internet no ofrece una forma de lectura y escritura para los más jóvenes?
-Sí, quizás no suficientemente desarrollada, pero ofrece una forma de lectura. Por eso insisto: si en las escuelas hubiera una o dos horas diarias de lectura en silencio, en el aula, sería un estímulo. Ahora parece que lo que existe es lo contrario, llenar de tonterías el cerebro aparentemente vacío de los niños, quince materias, preguntas sobre todas ellas.
-¿Cómo se puede saber que un libro es bueno?
-No se sabe. Cuando conocí a Arnaldo Orfila, ese gran editor argentino-mexicano que desarrolló el Fondo de Cultura Económica y fundó Siglo XXI, le hice esa misma pregunta. Me contestó: "Olfato". Intuición. Si uno supiera que hay una fórmula, tipo algoritmo, que le dijera que un libro es bueno y que se va a vender, no se equivocaría jamás. Pero uno se equivoca positiva y negativamente. A veces hay libros que se publican sin mucha expectativa y se venden y otros que se espera que vendan mucho y no pasan de la primera edición. No se sabe. Depende de circunstancias de público lector, de condiciones culturales, de modas. Hay autores que permanecen, como Eduardo Galeano, que ha permanecido a lo largo de más de cuarenta años. Algunos de sus libros se siguen leyendo, y cada nuevo título genera 30.000 o 40.000 lectores de inmediato. ¿Por qué? Cuando vi que Siglo XXI publicaba Lacan, pensé: ¿quién lo va a leer? Es críptico, imposible. Y se sigue leyendo Lacan. Por fortuna, hay algo incierto. Es como una botella lanzada al mar.
-¿Se educa ese olfato?
-Claro, se perfecciona. Proporciones guardadas, Picasso hacía un trazo, pero su mano estaba educada después de 40 años. La improvisación era aparente. Uno dice: "Este libro es importante". Siglo XXI se guía por un principio: elegimos libros que consideramos importante que sean publicados, aun cuando puedan no significar un buen negocio.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





